🥀 Erreur Humaine 🥀

La derrota que nos devuelve la verdad

El honor que siento por las más de 12.673.392 personas que votamos por Iván Cepeda no es un simple dato numérico; es la constatación de que en Colombia existe un cuerpo social profundo, empático y con una conciencia histórica que se niega a ser destripada.

Esa cifra no representa una derrota, sino la evidencia de una mayoría moral que, sin embargo, fue anulada por la maquinaria de la injerencia geopolítica. Perder no fue por falta de número, sino porque la necesidad imperante de Washington y Tel Aviv de asegurar su dominio sobre Latinoamérica es más fuerte que cualquier voluntad popular. Para ello, han desplegado y seguirán desplegando sus títeres de extrema derecha, figuras que no son más que el brazo ejecutor de un orden que nos condena a ser el patio trasero del mundo. La victoria anunciada de Abelardo de la Espriella, auspiciada por la derecha internacional y figuras como Donald Trump, es la prueba irrefutable de que la democracia, como la entendemos, es solo un ritual para legitimar la perpetuación del poder colonial.

Desde una mirada antropológica, el triunfo del "Tigre" revela el retorno de un arquetipo autoritario que apela al miedo y al orden como respuesta a la crisis, un eco de los viejos caudillos que prometen la salvación a través de la mano dura. Pero es, sobre todo, un triunfo efímero, porque su victoria es numéricamente limitada y su poder, frágil. Y es aquí donde mi escepticismo hacia la democracia como sistema se encuentra con una paradójica alegría, porque realmente felicito a los que votaron por De la Espriella porque su apuesta no es sino un pacto fáustico. Si después del escrutinio público su candidato es declarado victorioso, ellos mismos probarán las mieles de sus propios actos. No se trata de un deseo vengativo, sino de la constatación de la dialéctica histórica: el poder absoluto corrompe, pero el poder obtenido por un margen tan estrecho, sin un verdadero mandato popular, lleva en sí mismo la semilla de su propia destrucción.

No creo en la democracia representativa, la considero un artilugio para gestionar el consenso en favor de las élites. Sin embargo, reconozco la necesidad política de que Iván Cepeda, o un proyecto similar, hubiera ganado. Porque su derrota no es solo la pérdida de un gobierno, sino el fin simbólico de una esperanza de cambio estructural. Pero el infierno que vivirán los que votaron por la continuidad del statu quo será el mismo que ellos pidieron al alinearse con un proyecto que entrega el país a intereses foráneos. Y eso, desde mi perspectiva, es el acto de justicia poético más profundo que puede existir: el pueblo que elige su propia cadena será el primero en sentir su peso, y de esa experiencia quizá, solo quizá, nazca una verdadera conciencia libertaria.

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